Thursday, April 23, 2026

Tolerancia religiosa

Latinum

De religione curam principi esse; unam illi retindenam; puniendos, nisi aliter expediat, qui dissentiunt; falsam pacem esse tolerantismum; hunc esse Divini Numinis irrisionem, publicae felicitatis, et legum destructorem.

--- Justus Lipsius, cit. Juan Bautista Morales. Disertación contra la tolerancia religiosa. Mexico, 1831.


Español

El príncipe debe cuidar de la religión; mantener una sola; castigar a los que disienten, si no es que convenga otra cosa. El tolerantismo es una paz falsa; una irrisión de la divinidad y destructor de la felicidad pública y de las leyes.

--- Justo Lipsio. citado en Juan Bautista Morales. Disertación contra la tolerancia religiosa. México, 1831.


Sebastián Acevedo

Sebastián Acevedo Becerra

Minero chileno

El 9 de noviembre de 1983 se registra la detención de Galo y María Candelaria Acevedo Saez, hijos de Sebastián Acevedo Becerra, por civiles armados que no se identificaron. Su padre desesperado los busca en diferentes recintos y solicita ayuda en numerosas partes, sospechando que se encuentran en poder de la CNI.

El 11 de noviembre de 1983, al no tener noticias de ellos, en señal de protesta y para presionar a las autoridades, rocía parafina y bencina en sus ropas en la Plaza de la ciudad de Concepción, y debido a que un Carabinero intenta detenerlo, se prende fuego, muriendo a las pocas horas a consecuencia de la quemaduras que sufre.

La Comisión estima que si bien Sebastián Acevedo murió a consecuencias de hechos provocados por su propia mano, y no cabe en rigor calificar su muerte de una violación de derechos humanos, es víctima de la violencia política, porque tomó la determinación que le costó la vida en un gesto extremo por salvar a sus hijos de consecuencias inciertas, pero que bien se podía temer fueran muy graves, o como modo desesperado de protestar por la situación que lo afligía como padre.

https://www.memoriaviva.com/ejecutados-politicos/acevedo-becerra-sebastian


Sebastián Acevedo
Gonzalo Rojas

Sólo veo al inmolado de Concepción que hizo humo
de su carne y ardió por Chile entero en las gradas
de la catedral frente a la tropa sin
pestañear, sin llorar, encendido y
estallado por un grisú que no es de este Mundo: sólo
veo al inmolado.

Sólo veo ahí llamear a Acevedo
por nosotros con decisión de varón, estricto
y justiciero, pino y
adobe, alumbrando el vuelo
de los desaparecidos a todo lo
aullante de la costa: sólo veo al inmolado.

Sólo veo la bandera alba de su camisa
arder hasta enrojecer las cuatro puntas
de la plaza, sólo a los tilos por
su ánima veo llorar un
nitrógeno áspero pidiendo a gritos al
cielo el rehallazgo de un toqui
que nos saque de esto: sólo veo al inmolado.

Sólo al Bío-Bío hondo, padre de las aguas, veo velar
al muerto: curandero
de nuestras heridas desde Arauco
a hoy, casi inmóvil en
su letargo ronco y
sagrado como el rehue, acarrear
las mutilaciones del remolino
de arena y sangre con cadáveres al
fondo, vaticinar
la resurrección: sólo veo al inmolado.

Sólo la mancha veo del amor que
nadie nunca podrá arrancar del cemento, lávenla o
no con aguarrás o sosa
cáustica, escobíllenla
con puntas de acero, líjenla
con uñas y balas, despíntenla, desmiéntanla
por todas las pantallas de
la mentira de norte a sur: sólo veo al inmolado.

https://www.youtube.com/watch?v=uF9RuLRanpY


Un viernes, a las tres

Un día viernes, lo recuerdo bien. El 11 de noviembre de 1983. Desde las tres de la tarde estoy en el departamento de radio del Arzobispado, preparando la grabación del programa del domingo. Y me dicen: “Esta mañana lo andaba buscando un señor que tiene detenidos a sus dos hijos, y que quería hablar con usted”. ¿Cómo se llama? “No dejó su nombre, pero dijo que volvería”.

No han pasado aún quince minutos, cuando alguien sube corriendo las escaleras del edificio gritando: “¡Hay un hombre abajo que quiere quemarse vivo!” No sé cómo, corro bajando los tres pisos. Al llegar a la puerta, el portero me dice: “Acaba de salir hacia la plaza con un bidón de bencina. Sólo dejó su chaqueta”. Sigo corriendo lo más que puedo por esos cincuenta metros que me separan de la plaza, en la esquina de Barros Arana y Caupolicán, y, al asomarme, miro hacia la catedral y veo que un hombre convertido en una hoguera humana inicia una danza macabra que lentamente lo va desplazando por las gradas, lo conduce a través de la calle Caupolicán hacia la plaza y finalmente lo desploma entre dos tilos, convertido en un solo fuego que nos cuesta apagar entre los que nos hemos acercado con extintores y mantas.

Entre gritos de horror, va produciéndose poco a poco un profundo silencio. Me encuentro de rodillas junto a un cuerpo humeante, un carbón humano, que con su mirada fija intenta darme alguna explicación de lo ocurrido. ¿Qué le ha pasado, por qué ha hecho esto?, le pregunto. “Que la CNI me devuelva a mis hijos. Que la CNI me devuelva a mis hijos. Que la CNI me devuelva a mis hijos”, me dice como una letanía. Mientras otra gente se moviliza para procurar una ambulancia, lo invito a rezar diciendo: Padre Nuestro … A lo que él me acompaña con sus débiles fuerzas. Le doy la absolución sacramental, y él reacciona orando a Dios de esta manera: “Padre, perdónalos a ellos, a los de la CNI, y perdóname también a mí por este sacrificio”.

Minutos después que Carabineros lo retira del lugar y lo conduce al hospital regional, ante la demora de la ambulancia solicitada con urgencia, me dirijo a la portería del Arzobispado para hacerme cargo de su chaqueta. Descubro de inmediato sus documentos. Y leo en su carné de identidad: Sebastián Acevedo Becerra, 52 años, obrero. Efectivamente, Sebastián tiene dos hijos detenidos por la CNI, María Candelaria y Galo Fernando.

Sebastián llega al hospital regional de Concepción como a las tres y media de la tarde. Algunos testigos privilegiados de las horas que siguen, el médico Juan Zuchel y el sacerdote Raúl Cohen, cuentan detalles de esos momentos. ¿Qué les dice Sebastián? Que él no ha querido quemarse, ni menos matarse. Sólo ha querido hacer un gesto de presión para que se le dijera dónde estaban sus hijos y en qué condiciones los tenían. Se había propuesto darle un plazo a la Intendencia, hasta el día siguiente a las seis de la tarde, para que se le diera alguna información segura, permitiéndole visitar a sus hijos. Dice: “Si mis hijos son culpables, que lo demuestren en un juicio justo; si no, que me los entreguen”.

Con esta disposición se ha plantado aquel viernes, a las tres de la tarde, frente a la inmensa cruz que, ante las puertas de la catedral, había sido levantada como signo de reconciliación. Sin embargo, una patrulla de carabineros que se acerca al lugar, conmina a Sebastián a que salga de allí. Les dice Sebastián: “Miren, no se atrevan a cruzar hasta aquí, porque si lo hacen, me enciendo”. Y exhibe en su mano derecha un encendedor que acerca amenazante a su cuerpo ya empapado con bencina y parafina. Y explica Sebastián: “El oficial no me creyó. Parece que a los uniformados les cuesta creer en la palabra de los civiles. No me creyó. Avanzó hacia mí y yo me encendí”.

En medio de esas horas de angustia, aparece en el hospital su hija María Candelaria. La CNI la ha dejado en libertad, pero sólo por unos días, porque volverá a detenerla. Le dicen a Sebastián que está su hija y que le permiten hablar con ella por citófono. “No lo creo. Quiero verla”, exige Sebastián. Entre todos convencemos a la hija que no lo haga, que evite un impacto emocional tan tremendo. Finalmente hablan por citófono. “María ¿eres tú?” Sí, papá, soy yo. “¿Cómo sé yo que eres tú y que no me están engañando?” Papá, si soy yo. “Te voy a poner una prueba. ¿Cómo te decía yo cuando eras chica?” Mi sargento Candelaria, papá. “Entonces eres tú, eres mi hija”. Sigue una conversación muy hermosa. Sebastián le pide perdón a su hija por lo que ha hecho, y le pide que lo entienda. Le da consejos muy hermosos acerca del cuidado de su hijo, el nieto tan querido.

Ese día, esa noche, nos quedamos todos en vigilia. En agonía. A la espera de lo inminente. La vida de Sebastián no cruzará de la noche al día. Fallece un cuarto para las doce de esa misma noche y ha permanecido lúcido hasta poco antes de morir. Minutos antes de aquel sábado, todo está consumado. Me encuentro con Raúl, el sacerdote capellán del hospital. Me abraza conmovido y me dice: “Era como ver morir a Cristo”. Sí, le digo, y en un viernes, a las tres.

Por Enrique Moreno Laval, SSCC


The Great Sorrow

Let us think of our ancestors

as we welcome the convergence of the moons.


It began in a time of prosperity and amusement.

Mongo was blue and green.

The ground fertile.

The water plentiful.

Mongo was generous to the people.

But the people were ungrateful.

They wanted more than the land could provide.

And when it could give no more,

they turned their eyes to the sky.

For the Moon was vast

and have ample gifts to give.

The Moon had abundant gifts.

And soon it came to pass

that two brother moons were placed in the sky,

and they were called Arkaylia and Surd.

And they were built to shelter the travelers

who came to plunder the Moon's gifts.

And when they returned to Mongo,

with the Moon's bounty, they rejoiced,

for it was a glowing red ore.

And they thought that it was good.


But soon there were portents of a coming disaster.

Hot winds and crimson dust.

For the red ore was not of this soil.

But all eyes turned away from the omens,

for the Moon's bounty had brought new prosperity

and new amusement.


They turned their eyes from the omens.

And, then, in a great explosion of thunder,

a ball of fury ignited the sky!

The ground quaked and the children cried.

For they were afraid.

Dark clouds of death engulfed the cities.

Burning rain seared their skin,

and the children cried,

"What have you done?"

Crops turned to ash!

Beasts fell were they stood.

The water turned gray.

And the children cried,

"Why has this come to pass?"

Because we chose prosperity and amusement.

And we took more than the land could give.

And we were ungrateful.

Extinction was upon the land.


So a congregation was chosen to go to the sky.

An exodus to the moon Arkaylia

for three generations.

One one-hundredths

of one one-hundredths of the people.

All who remained on Mongo soon perished.


One day, they saw fire clouds vanish.

The time had come for the grand return.

And they returned.

The planet had changed.

The new world was hostile.

They were grateful for what they'd been given.

And, in return,

Mongo gave them a well of bubbling sourcewater.

And once again, there was hope.

A declaration was made to honor the lost ancestors.

A promise of peace and harmony.


"We will not reap more than we sow.

We will not take more than the land can offer.

Our want for comfort and amusement

will not lead us astray.

When we see an omen,

we will not turn away.

And we will be grateful for what we are given."


We light the fire of remembrance

as a promise to live

in accordance with this covenant.


"I promise."


Reference:

"Sorrow"

Flash Gordon


Video:


Samarcanda

Dime, ¿Quién no ha transgredido jamás tu ley?
Dime el propósito de una vida sin pecado
Si tu castigas con mal el mal que yo hago
Dime, ¿Cuál es la diferencia entre Tu y yo?

Omar Khayyam
(Amin Maalouf, "Samarcanda")


Samarkand

Pray tell, who has not transgressed Your Law?
Pray tell the purpose of a sinless life
If with evil You punish the evil I have done
Pray tell, what is the difference between You and me?

Omar Khayyam

(Amin Maalouf, "Samarkand")


Crónicas capuchianas

 I

El Encapuchado va por la banqueta hacia la puerta del club. En eso se da cuenta que un grupo de tres hombres mayores departen alegremente en la calle y bloquean su camino. El Encapuchado monta en santa cólera y al grito de "¡¡¡con permiso!!!" avienta su no muy ligera humanidad sobre los tertuliantes. Uno de ellos vio venir al misil humano y no solo se quitó de su camino, si no que lo palmeó en la espalda amablemente "pásele pásele".

El Encapuchado prosigue su camino con la cara roja de vergüenza.


II

El Encapuchado llega a su departamento a las 10 de la noche. No hay luz. El Encapuchado nunca ha cambiado un fusible, pero siempre hay una primera vez. Toma un repuesto y baja los dos pisos que lo separan de su caja de fusibles. Al llegar, se da cuenta que, hace dos años, astutamente le puso un candado a la caja, para prevenir que algún bandido fuera a robarse sus valiosos fusibles.

Después de perder media hora a oscuras buscando la llave, la encuentra, solo para descubrir que el candado está oxidado y la llave no abre. El Encapuchado comienza a sentir que su vieja amiga la desesperación está llegando. El coche está en el servicio, así que no tiene más herramientas que un martillo y decide tomar la solución más fácil. Notando que la rondana por donde pasa el candado y cierra la puerta es más débil que el candado en si, engancha éste con la parte trasera del martillo y comienza a darle vueltas.

¡Voila! el candado está en sus manos, arrancado a fuerzas. Pero la caja continúa sellada, porque al torcer la rondana y romperla, esta quedó obstruyendo la ranura por la que debía deslizarse si hubiera quitado el candado de forma decente.

Al borde de un ataque, el Encapuchado comienza a golpear con el martillo lo que quedó de la rondana. De pronto oye que una puerta se abre y la vecina del departamento de en medio baja:

- No creas que son tus fusibles, ¿eh?

- ¿Ah no?, contesta el Encapuchado, tratando de esconder el arma homicida y los destrozos que provocó en la caja de fusibles.

- Pues no, lo que pasa es que en la mañana se voló un transformador y nos dejó a los tres departamentos sin luz. Pero mañana vienen a componerlo.

- Ah, gracias, ... este bueno, yo ... yo solo estaba viendo mi caja de fusibles.

- Si, claro, buenas noches.

- Buenas noches.

Más tranquilo, el Encapuchado pudo quitar los despojos de la rondana y abrir, ¡por fin!, la dichosa caja de fusibles. Ya sin rondana la caja se tendrá que quedar abierta. Tal vez sea mejor así - filosofea mientras regresa a su departamento El Encapuchado se va a dormir con la cola entre las patas. Ya es medianoche. No hay luz.


III

El Encapuchado se dirige hacia su departamento. La calle tiene dos carriles, uno que sube y otro que baja. El Encapuchado va detrás de un carro viejo y comienza a desesperarse "méndiga carcacha". Para su mala fortuna, hay tráfico y no puede rebasar y peor, parece que la cafetera se dirige al mismo lugar que él. Pues si, el autito da vuelta a la izquierda y se planta frente a la reja que da acceso a la privada donde aparentemente ambos viven. El policía tarda en abrir, así que el Encapuchado toma aire y se pone detrás, bloqueando el carril que baja y dispuesto a contestar las mentadas de madre que se generen.

Cuando por fin abren la puerta y el Encapuchado va a pasar, el policía le hace señas que se detenga. Pensando que le va a pedir algo o quiere informarle de la próxima junta de vecinos, a ninguna de las cuales, por cierto, se ha dignado asistir, acelera. El Encapuchado estuvo a punto de tirar la reja y tal vez de rayar su coche, por que todo lo que quería el policía era que se detuviera para poder abrir la puerta contraria que el viento estaba cerrando.


IV

Eje Central a la altura del Salto del Agua. El calor y el tráfico insoportable de las 2 de la tarde han hecho mella en el humor del Encapuchado. El rojo del semáforo se eterniza. De reojo ve que un sujeto se dirige hacia su ventanilla. "Otro que pide dinero y quiere abusar de la generosidad del Encapuchado", piensa.

- Disculpe, ¿me puede dar ...

- NO, no tengo dinero ahorita

- Su hora?

- ¿Eh? ah, hum ... las dos y cinco.


V

Después de haber bajado las curvas de la autopista de Toluca a mas de 170 kilómetros por hora, de haberse peleado con tres microbuseros y cerrado a un camión de arena, el Encapuchado llega a las puertas de la escuela, dispuesto a tumbar el retén si no le abren rápido. En la reja una muchacha en minifalda, "mmmm no está mal", le ofrece un chocolate. El Encapuchado no se digna bajar la ventanilla y solo le hace una seña que no quiere nada. A través del vidrio oye las palabras mágicas.

- Es gratis

El Encapuchado baja como bólido la ventanilla.

- ¿Mande? 

- Cortesía de Toblerone

- Ah, no te había visto, gracias - miente mientras piensa que ya tiene postre y siente que una vez más, los colores se le suben a la cara.


VI

Es sábado, día de hacer las compras semanales. Empujando su carrito a cien por hora, el Encapuchado recorre los pasillos del super buscando sus alimentos, tal parece que está en una pista de carreras.

- Vaya, vaya, vaya, parece que hay problemas.

Una señora gorda bloquea su camino. El Encapuchado acerca su carrito mientras lanza miradas asesinas. La gorda no se da por enterada. Furioso, el Encapuchado trata de romper una ley de la física que establece que dos cuerpos distintos no pueden ocupar el mismo espacio.

- ¡¡¡AYYYY SEÑOR!!!

- Perdón.

- ¡¡¡Me rebanó el pie!!!

- ...

- Mira nomás lo que me hizo - se queja con su hija.

El Encapuchado prosigue su camino riendo como loco. Hace pocos años se hubiera deshecho en excusas. Pero ya no. Los tiempos cambian. Es fin de milenio.


Saturday, April 18, 2026

Oda a una urna griega

Cuando la vejez consuma a esta generación,
Tú permanecerás, en medio de otras penas
que las nuestras, amiga del hombre, a quien dices:
"La belleza es verdad, la verdad belleza; eso es todo
lo que sabéis en la tierra, y todo lo que necesitáis saber".

-- John Keats

Tolerancia religiosa

Latinum De religione curam principi esse; unam illi retindenam; puniendos, nisi aliter expediat, qui dissentiunt; falsam pacem esse tolerant...